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La Muerte en el Pueblo: El encubrimiento en el lado oscuro de la Luna

AP Photo/Barry Thumma

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La Muerte en el Pueblo: El encubrimiento en el lado oscuro de la Luna

En diciembre de 1981, la muerte asalt√≥ un peque√Īo pueblo en El Salvador. El hierro de la muerte fue levantado por un batall√≥n entrenado en Estados Unidos y cay√≥ sobre m√°s de mil civiles, incluyendo muchos ni√Īos. Hoy en d√≠a El Mozote es conocido como la peor masacre en Am√©rica Latina en tiempos modernos ‚ÄĒpor muchos a√Īos cerrada en nubes pol√≠ticos y rayado por cubiertos conscientes.

El papel jugado por Estados Unidos en El Mozote en diciembre 1981 ha sido tema de debate constante ‚ÄĒpero ahora, se arroja nueva luz sobre la participaci√≥n de la administraci√≥n del presidente Ronald Reagan.

‚ÄúEl Mozote es un misterio que se puede descascararse como una cebolla, capa tras capa, y a pesar de a√Īos de revelaciones, a√ļn se puede esconder m√°s secretos debajo‚ÄĚ, explica Mark Danner‚ÄĒreportero y autor de ‚ÄúLa Massacre de El Mozote‚ÄĚ‚ÄĒa Revista Global.

EL SALVADOR Julio de 1969. Hay una guerra entre El Salvador y Honduras. El factor desencadenante fueron dos partidos decisivos de clasificaci√≥n para la Copa Mundial de f√ļtbol en M√©xico en 1970. Dos partidos empapados de violencia y provocaciones.

La guerra de cien horas fue conocido como ‚ÄúLa Guerra del F√ļtbol‚ÄĚ‚ÄĒpero el principal n√ļcleo del conflicto entre los dos pa√≠ses no fue encontrado en la cancha, ‚Äč‚Äčm√°s bien en las oligarqu√≠as de los pa√≠ses, y su concentraci√≥n sobre tierra, acceso a los cuartos de poder pol√≠tico, de donde gobiernos recurrentes abusaron campesinos sin tierra.

Sin embargo, en el verano de 1969, los ojos del p√ļblico global no estaban apuntado a Centroam√©rica y su guerra en curso entre El Salvador y Honduras‚ÄĒsino, los ojos fueron atra√≠dos hacia el cielo.

Allí, en ruta hacia el vecino más cercano de la Tierra, flotó el Módulo Lunar Apolo, que transportaba a tres astronautas estadounidenses a la Luna.

Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins iban a tener éxito con la misión Apolo 11 y colocar las primeras huellas humanas en la superficie lunar. Un logro bastante impresionante que incrustó el mundo que habían dejado atrás con febril anticipación.

La misi√≥n Apolo 11 no fue ni la primera ni la √ļltima vez que los intereses estadounidenses eclipsaron desarrollos dram√°ticos de Centroam√©rica. A unos 384.000 kil√≥metros del primer paso lunar de Neil Armstrong, ‚ÄúLa Guerra del f√ļtbol‚ÄĚ termin√≥ con 6.000 muertes y 50.000 desplazados y ning√ļn cambio de la posici√≥n de las fronteras entre El Salvador y Honduras.¬†

La √ļltima cena

El 1 de diciembre de 1980, las misioneras cat√≥licas Jean Donovan y Dorothy Kazel cenaron con el embajador Robert White en la embajada de Estados Unidos en San Salvador. Trabajaban y resid√≠an en el campo, y todos los que estaban sentados para cenar esta noche‚ÄĒtanto diplom√°ticos como misioneros‚ÄĒtem√≠an las consecuencias de los planes de Ronald Reagan, el presidente electo de los Estados Unidos, que hubo prometido relaciones fortalecidas entre Washington y la junta militar salvadore√Īa‚ÄĒjusto cuando hab√≠a estallado la guerra civil.

Entonces, toque de queda nocturno gobern√≥ en San Salvador y Kazel y Donovan pasaron la noche en la embajada americana. Al d√≠a siguiente, las misioneras fueron al aeropuerto a recoger a dos compa√Īeras‚ÄĒlas hermanas Maryknoll Maura Clarke e Ita Ford‚ÄĒque hab√≠an participado en una conferencia en Nicaragua.

El avi√≥n lleg√≥ a las nueve de la noche y las misioneras luego se dirigieron hacia el oeste en una camioneta Toyota blanca‚ÄĒhacia La Libertad por la costa Pacifica. La carretera del aeropuerto internacional de San Salvador estaba desierta. Estaba oscuro. Las estaban seguidas. Fueron obligados a detenerse. Ellas ‚Äúdesaparecieron‚ÄĚ.

‚ÄúNo sab√≠amos nada‚ÄĚ

Judith Noone es antrop√≥loga y hermana de Maryknoll. Ha residido y trabajado en Guatemala desde 1985. En diciembre de 1980‚ÄĒcuando llegaron los primeros despachos inquietantes de El Salvador‚ÄĒSra. Noone estaba en Nueva York y acababa de regresar de Bolivia, donde ayud√≥ a trabajadores migrantes y dirigi√≥ un programa de alfabetizaci√≥n.

‚ÄúYo recuerdo, sobre todo, la ansiedad‚ÄĒtodo fue tan incierto‚ÄĚ, Judith Noone explica a Revista Global.

Sra. Noone era amiga de las hermanas Maryknoll‚ÄĒMaura Clarke e Ita Ford‚ÄĒy ya sab√≠a, como todos que conoc√≠an El Salvador en esta √©poca triste, que la persona que ‚Äúdesapareci√≥‚ÄĚ en muchos casos fue encontrado muerte.

‚ÄúNadie lo sab√≠a nada, no hubo comunicaci√≥n como hoy en d√≠a‚ÄĒhubo mucha confusi√≥n‚ÄĚ, dice Judith Noone.

Todas las noches, los empleados de la oficina de Nueva York de las Hermanas Maryknoll se reunían alrededor de la televisión durante las noches, esperaban algunas actualizaciones sobre las desaparecidas.

‚ÄúLuego, despu√©s de unos d√≠as, todo qued√≥ al fondo del asesinato de John Lennon‚ÄĚ, recuerda Judith Noone.

La muerte en el camino

Los cuerpos de las cuatro mujeres fueron sacados de tumbas poco profundas, cerca del aeropuerto internacional de San Salvador el 4 de diciembre. Un testigo de todo‚ÄĒconjunto con una horda de reporteros, ciudadanos y militares‚ÄĒfue el embajador de Estados Unidos, Robert White.

Las cuatro misioneras habían sido violados y torturados antes de ser ejecutados a quemarropa.

En retrospectiva‚ÄĒcomo lo present√≥ el periodista Raymond Bonner en su libro ‚ÄúDebilidad y enga√Īo: la guerra sucia de Estados Unidos y El Salvador‚ÄĚ‚ÄĒSr. White parec√≠a haber decidido all√≠ y entonces, al lado de la carretera en el calor y rodeado por un amanecer y una guerra brutal. Iba a abrir la puerta para el mundo exterior que todav√≠a no entendi√≥ el alcance de terror cometido por parte del ej√©rcito salvadore√Īo.

Sr. White y personas de la embajada americana hablaron con ciudadanos de pueblos cercanos. Varios testigos dijeron que hab√≠an escuchado los gritos desesperados de las misioneras y otros hablaron de presencia militar‚ÄĒtodos en miedo por represalias del ejercito.

El cambio de la Casa Blanca

Las muertes de las cuatro ciudadanas estadounidenses provocaron un alboroto pol√≠tico en Washington‚ÄĒjusto cuando Ronald Reagan estaba a punto de reemplazar al presidente dem√≥crata saliente Jimmy Carter en la Oficina Oval.¬†

Durante la campa√Īa presidencial, Centroam√©rica hab√≠a disfrutado de un lugar bajo el sol de los medios.

Ahora Jeane Kirkpatrick, asesora de pol√≠tica exterior y embajadora americana de las Naciones Unidas entre 1981 y 1985, insisti√≥ que las mujeres asesinadas ‚Äúno eran solo monjas‚ÄĚ.

‚ÄúTambi√©n eran activistas pol√≠ticos‚ÄĚ, dijo Sra. Kirkpatrick, es decir que las mujeres estaban trabajando por la guerrilla del Farabundo Mart√≠ para la Liberaci√≥n Nacional, el FMLN. Cuando se recibi√≥ la pregunta si el gobierno salvadore√Īo hab√≠a estado involucrado Sra. Kirkpatrick respondi√≥:¬†

‚ÄúLa respuesta es inequ√≠voca. No, no creo que el gobierno fuera responsable‚ÄĚ, dijo al Tampa Tribune.

Judith Noone a√ļn recuerda la imagen pol√≠ticamente motivada y s√≥rdida de la administraci√≥n Reagan de las misioneras estadounidenses como simpatizantes de la guerrilla.

‚ÄúPues claro‚ÄĒellas viv√≠an con los pobres‚ÄĚ, explica Sra. Noone. ‚ÄúSiempre estuvieron ah√≠, no solo del lado de los pobres, vivieran con ellos. Su constancia, no solo ponerse del lado ideol√≥gico de los pobres.‚ÄĚ

No hay ninguna prueba que las misioneras ten√≠an algunas conexiones organizadas con los rebeldes. Aunque, a principios de la d√©cada de 1980‚ÄĒcuando El Salvador estaba gobernado por una junta militar de derecha ac√©rrima‚ÄĒsu trabajo misionero en √°reas pobres se calific√≥ como un acto revolucionario. Un precio alto por cual muchos salvadore√Īos afiliados a la iglesia pagaron con sus vidas.¬†

Entre ellos fue el arzobispo metropolitano √ďscar Romero, quien fue asesinado por un francotirador en marzo de 1980, mientras dec√≠a misa.

Y al igual que el arzobispo, los misioneros estadounidenses asesinados simpatizaban con las esperanzas de las masas pobres salvadore√Īas de salir de una trinchera rodeadas de la mayor desesperaci√≥n.

‚ÄúSe ponen en peligro, seguro‚ÄĚ, dice Judith Noone. ‚ÄúCorrieron muchos riesgos cuando transportaron refugiados en Chalatenango.‚ÄĚ

‚ÄúCuida de ellos‚ÄĚ

Despu√©s de los asesinatos, Carl Gettinger‚ÄĒun diplom√°tico subalterno de la Embajada de Estados Unidos en San Salvador‚ÄĒcomenz√≥ a investigar el caso. A trav√©s de una fuente militar de alto rango, obtuvo informaci√≥n que result√≥ vergonzosa para la junta salvadore√Īa y los siguientes gobiernos de derecha, as√≠ como para la Casa Blanca.

Cinco hombres de la Guardia Nacional hab√≠an recibido el orden de colocar barricadas cerca del aeropuerto y luego vestirse en ropa civil y, despu√©s, ‚Äúcuidar a las mujeres.‚ÄĚ

La informaci√≥n‚ÄĒy las profesiones de los sospechosos‚ÄĒ no fue bien recibida en Washington, donde el Congreso condicion√≥ cualquier ayuda econ√≥mica y militar prolongada a El Salvador a una investigaci√≥n progresiva por asesinato.¬†

Pero a pesar de los sospechosos dados‚ÄĒaunque a√ļn no fueron condenados‚ÄĒlas verdaderas preguntas a√ļn flotaban en el aire: ¬ŅQui√©n orden√≥ y pag√≥ por los asesinatos? ¬ŅY qui√©n particip√≥ en el encubrimiento?

Una investigaci√≥n es ‚Äúuna ilusi√≥n‚ÄĚ

Cuando el embajador americano Robert White viaj√≥ a Washington para participar en la inauguraci√≥n presidencial de Ronald Reagan en enero de 1981, se reuni√≥ con el nuevo secretario de Estado, Alexander Haig. Sr. Haig quer√≠a que el embajador americano de El Salvador se escribiera un informe que ‚Äúconfirm√≥ el progreso del ej√©rcito salvadore√Īo en la investigaci√≥n del asesinato de las cuatro misioneras estadounidenses‚ÄĚ.

‚ÄúBueno, Sr. secretario‚ÄĚ‚ÄĒle dijo White a Haig, citado m√°s tarde en el libro por Raymond Bonner‚ÄĒ‚Äúeso no ser√≠a posible porque los militares salvadore√Īos mataron a esas mujeres, y la idea de que iban a investigar sus propios cr√≠menes es, simplemente, una ilusi√≥n.‚ÄĚ

A pesar de la segunda orden de Sr. Haig para el informe, Sr. White se mantuvo su posici√≥n y se neg√≥ a participar en el encubrimiento‚ÄĒy poco despu√©s fue despedido como embajador en El Salvador y posteriormente prohibido en el futuro servicio exterior estadounidense.¬†

Con Robert White fuera del camino, Deane Hinton fue instalado como nuevo embajador, y luego de una campa√Īa de presi√≥n pol√≠tica sobre el gobierno salvadore√Īo, los cinco hombres de la Guardia Nacional fueron acusados ‚Äč‚Äčy sentenciados a 30 a√Īos de prisi√≥n en mayo de 1984.

A√ļn as√≠, estaba claro que el ej√©rcito salvadore√Īo hab√≠a estado involucrado en la atrocidad. Sin embargo, importaba poco, ya que el Congreso estadounidense expandi√≥ r√°pidamente su ayuda militar a El Salvador‚ÄĒel d√≠a despu√©s de los veredictos.

Los jubilados de Miami

La Comisión de la Verdad de la ONU en El Salvador de 1993 declaró que varios poderosos del gobierno estuvieron involucrados en encubrimientos en las atrocidades más notorias durante la guerra civil. Entre ellos se encuentran los asesinatos de los misioneros y la masacre de El Mozote en diciembre de 1981.

Entonces, en los 1990s, algunos salvadore√Īos prominentes‚ÄĒentre ellos el exsecretario de Defensa, Jos√© Guillermo Garc√≠a, y el exjefe de la Guardia Nacional, Carlos Vides Casanova‚ÄĒestaban disfrutando sus vidas como jubilados cerca de las playas de Florida.

No fue hasta el 2004‚ÄĒy despu√©s de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001‚ÄĒque los dos prominentes generales salvadore√Īos fueron deportados de Estados Unidos.

‚ÄúEl general Vides ciertamente siente que ha sido hasta cierto punto traicionado por el gobierno de Estados Unidos, dado todo lo que hizo por su pa√≠s, que estaba alineado con los intereses vitales de Estados Unidos‚ÄĚ, dijo Diego Handel, representante legal de Vides Casanova, a Retro Reports, publicado en 2014.

Una actitud con la que Robert White, hasta cierto punto, entiende:

‚ÄúHay algo un poco injusto en castigar a las marionetas y dejar que el organillero siga su camino alegre‚ÄĚ, dijo White en el mismo reportaje de 2014.

‚ÄúOperaci√≥n encubrimiento‚ÄĚ

En diciembre de 1981‚ÄĒun a√Īo despu√©s de la muerte de las misioneras estadounidenses‚ÄĒocurri√≥ la masacre en El Mozote.¬†

Una atrocidad que llamó la atención del mundo gracias a los informes de Raymond Bonner en nombre del New York Times y al ídem de Alma Guillermoprieto para el Washington Post.

El relato exclusivo del testigo por Rufina Amaya, la √ļnica sobreviviente de la masacre se convirti√≥ en metralla en los planes de la administraci√≥n Reagan para profundizar los lazos en Centroam√©rica, al tiempo que fren√≥ la voluntad del Congreso de los Estados Unidos de aprobar una mayor ayuda a la junta militar salvadore√Īa. Por lo tanto, el personal de la embajada de Estados Unidos en San Salvador se dirigi√≥ a los remansos del departamento de Moraz√°n para una mayor investigaci√≥n.

‚ÄúEl principal objetivo pol√≠tico en ese momento era lograr que se aprobara la certificaci√≥n. Desde el punto de vista de la Embajada, la guerrilla intentaba hacernos quedar lo m√°s mal posible. Quer√≠an cerrar todo el asunto‚ÄĚ, explic√≥ Todd Greentree‚ÄĒun reportero subalterno de la embajada de Estados Unidos en ese momento‚ÄĒal periodista Mark Danner, en su libro ‚ÄúLa masacre en El Mozote.‚ÄĚ

El ej√©rcito salvadore√Īo no aplaudi√≥ la llegada del personal de la embajada americana a la zona de guerra‚ÄĒen un momento en que el Batall√≥n Atlacatl y otras unidades militares estaban en pleno apogeo con la ‚ÄúOperaci√≥n Rescate,‚ÄĚ un esfuerzo para limpiar la regi√≥n de ‚Äúguerrilla simp√°ticos.‚ÄĚ

Sin embargo, Sr. Greentree y sus colegas no recibieron permiso para ingresar a El Mozote. En cambio, basaron sus conclusiones en testimonios de personas en campos de refugiados temporales. Hombres y mujeres entrevistados ante la presencia permanente del personal militar salvadore√Īo.¬†

Todo en un ambiente inquietante, tanto entre los lugare√Īos como entre los soldados, y recordaba a la guerra de Vietnam.

‚ÄúQuiero decir, hablas con un soldado que cree que ha participado en una operaci√≥n heroica, y con un soldado latino, quiero decir, nunca podr√≠as callarle. Pero estos soldados no dir√≠an nada. Hab√≠a algo all√≠,‚ÄĚ explic√≥ Sr. Greentree.

Un acto de equilibrio

Para los salvadore√Īos, y especialmente los campesinos que residen en zonas de guerra como los departamentos de Moraz√°n y Chalatenango, la vida se mantuvo firme durante la guerra civil. Era fundamental mantener una buena relaci√≥n tanto con la guerrilla como con los militares.¬†

Para mantener su casa, sus terrenos y para seguir con vida, nunca fue una cuesti√≥n de negar ninguna persona de ning√ļn lado del conflicto una taza de caf√© o un plato de pollo y un poco de ma√≠z.

Para la administraci√≥n del presidente Reagan, por otro lado, era esencial negar cualquier conocimiento de la masacre de El Mozote mientras se exageraban los peligros a largo plazo de los movimientos de izquierda para asegurar el apoyo continuo del Congreso. El principal argumento de la Casa Blanca contra una masacre iniciada por los militares en diciembre de 1981 se bas√≥ en los datos de poblaci√≥n de la propia aldea: ¬ŅC√≥mo pod√≠an morir hasta mil personas en un lugar donde solo viv√≠an trescientas?

‚ÄúLas mentiras tuvieron √©xito, la ayuda sigui√≥ fluyendo ya los rebeldes salvadore√Īos se les neg√≥ la victoria,‚ÄĚ explica Mark Danner‚ÄĒperiodista y autor de ‚ÄúLa masacre en El Mozote‚ÄĚ‚ÄĒa Revista Global.

Eliott Abrams‚ÄĒel republicano que dirigi√≥ la investigaci√≥n del Comit√© del Senado de Estados Unidos sobre la participaci√≥n estadounidense en El Salvador y en El Mozote‚ÄĒsostuvo que la guerrilla hab√≠a ‚Äúpublicado‚ÄĚ la informaci√≥n sobre la ‚Äúpresunta masacre‚ÄĚ solo para interrumpir la relaci√≥n de la junta militar con Washington en una hora delicada.

Este fue el momento de encubrimientos y mentiras deliberadas. Pero la semilla del encubrimiento que rodea a El Mozote fue simplemente el resultado del cultivo de mentiras con motivaciones pol√≠ticas que se completaron muchos a√Īos antes. Lejos de El Salvador‚ÄĒen otro continente, en otra guerra.

De My Lai a ‚Äúabrigos‚ÄĚ

El 12 de noviembre de 1969, el reportero de investigaci√≥n Seymour Hersh revel√≥ que los soldados estadounidenses hab√≠an asesinado brutalmente entre 300 y 500 vietnamitas civiles en lo que de pronto fue conocido como la ‚ÄúMasacre de My Lai.‚ÄĚ Una atrocidad que cambi√≥ la opini√≥n p√ļblica mundial contra la presencia estadounidense en Vietnam, y la guerra en general.

Hasta entonces, los reportajes sobre la guerra de Vietnam hab√≠an sido demasiado desnudos y cercanos. Demasiado cierto. Despu√©s de la guerra, el Pent√°gono y el Departamento de Defensa afirmaron que la clave para futuros ‚Äúreportajes positivos‚ÄĚ en tiempos de guerra se encontraba en restricciones del acceso de los reporteros a las zonas de batalla.

‚ÄúEl personal de asuntos p√ļblicos preparaba folletos sobre lo sucedido, y los oficiales, llamados” cuidadores, acompa√Īaban a los corresponsales para supervisar sus movimientos y la informaci√≥n que recib√≠an,‚ÄĚ escribi√≥ el reportero Andrew Pearson, que cubri√≥ la guerra de Vietnam en 1963, en un art√≠culo de opini√≥n para el New York Times en 2018.

Los reporteros Raymond Bonner y Alma Guillermoprieto nunca informaron sobre la guerra civil salvadore√Īa desde los techos de los hoteles en San Salvador. Su informaci√≥n fue desnuda, √≠ntima y‚ÄĒluego confirmado‚ÄĒcre√≠ble sobre la masacre en El Mozote. Es por eso por lo que la administraci√≥n de Reagan y los medios leales‚ÄĒsobre todos, el Wall Street Journal‚ÄĒque calificaron sus reportajes como ‚Äúsiguiendo un estilo de reportaje de la guerra de Vietnam‚ÄĚ en el que ‚Äúlas fuentes comunistas recibieron mayor credibilidad que el gobierno de los Estados Unidos o el gobierno que era apoyando.‚ÄĚ

Aunque a pesar de cientos de miles de muertes y miles de millones de dólares en ayuda militar a dictaduras y milicias paramilitares, la presencia de Estados Unidos en Centroamérica nunca se acercó al tsunami de críticas que se tragó a las administraciones americanos de Lyndon Johnson y Richard Nixon durante la Guerra de Vietnam.

‚ÄúSomos iguales‚ÄĚ

Estados Unidos lleg√≥ a Vietnam, como se prometi√≥, para asegurar la democracia y defender los derechos humanos contra los d√©spotas. En la milicia paramilitar anticomunista nicarag√ľense, Contras, el presidente Reagan vio a los ‚Äúiguales morales de nuestros fundadores.‚ÄĚ

‚ÄúCuando el Congreso controlado por los dem√≥cratas se enter√≥ de que la CIA estaba colocando minas explosivas en los puertos de Nicaragua a principios de 1984, vot√≥ para prohibir la ayuda militar a los Contras‚ÄĚ, escribi√≥ el reportero Jonathan M. Katz en un articulo para Mother Jones.

La ‚ÄúLey Boland‚ÄĚ paraliz√≥ ninguna mayor asistencia financiera y militar a Contras. El principal financiamiento del Contras fue el tr√°fico ilegal de drogas‚ÄĒuna manera de funcionar que convirti√≥ al movimiento contrarrevolucionario nicarag√ľense en enemigo del programa americano ‚ÄúLa Guerra contra las Drogas.‚ÄĚ

Un programa político que anualmente cuesta a los contribuyentes estadounidenses miles de millones de dólares.

A pesar de las guerras costosas contra las drogas, los dobles raseros pol√≠ticos y las prohibiciones legales, el asesor de seguridad del presidente Reagan, Robert ‚ÄúBud‚ÄĚ McFarlane, se propuso encontrar formas alternativas de patrocinar a los Contras.¬†

McFarlane encontr√≥ su propia Ruta de la Seda ilegal, que conduc√≠a a Ir√°n, mientras el teniente coronel Oliver North viajaba hacia el sur para visitar a los Contras en su campamento base a lo largo de la Costa de los Mosquitos de Honduras. North asegur√≥, personalmente, que los anticomunistas a√ļn ten√≠an el apoyo de Estados Unidos en su b√ļsqueda para derrocar al gobierno sandinista.

‚ÄúEl escandalo Ir√°n-Contra‚ÄĚ

El Nudo Gordiano de la administraci√≥n Reagan se cort√≥ en el Medio Oriente. Siete estadounidenses fueron tomados como rehenes por Hezbollah en el L√≠bano. ‚ÄúBud‚ÄĚ McFarlane asegur√≥ su liberaci√≥n con env√≠os de armas a la dictadura en Teher√°n, que en ese momento estaba en guerra con el Irak de Saddam Hussein.

Un acuerdo que viola tanto la ley estadounidense como la promesa del prometido del presidente de ‚Äúno negociar nunca con terroristas‚ÄĚ.

El acuerdo de armas por rehenes equivalía a 70 millones de dólares (en la moneda actual) y fue divulgado en 1986 por el diario libanés Al-Shiraa. Una primicia inmediatamente desmerecida por Reagan, pero que pronto resultó en una investigación federal. Una investigación que mostró que más de la mitad de los 70 millones de dólares obtenidos con la venta de armas habían sido transferidos ilegalmente a los Contras.

‚ÄúA mediados de la d√©cada, qued√≥ muy claro que la pol√≠tica estadounidense estaba ahogando en sangre a Nicaragua‚ÄĚ, escribi√≥ Jonathan M. Katz.

El cambio de marea

George H.W. Bush, vicepresidente de Reagan y luego presidente entre 1989 y 1993, perdon√≥ a todos los involucrados en el asunto ilegal, desde entonces llamado ‚Äúel escandalo Ir√°n-Contra‚ÄĚ.

En los 1990s, la marea hab√≠a cambiado en Centroam√©rica. En Nicaragua, la financiaci√≥n estadounidense de los Contras y la CIA inici√≥ los bombardeos de los puertos nicarag√ľenses finalmente dio sus frutos: la revoluci√≥n sandinista se muri√≥ despu√©s de a√Īos de guerra, bancarrotas y‚ÄĒcomo antes de la revoluci√≥n popular‚ÄĒenterrado de pobreza.¬†

En El Salvador, la guerrilla del FMLN y el gobierno viajaron al norte, a México, para iniciar conversaciones de paz.

Judith Noone‚ÄĒla hermana de Maryknoll y amiga de dos de las misioneras estadounidenses asesinadas‚ÄĒfue testigo del desarrollo gradual de la verdad de El Salvador y la verdad de las turbias operaciones de Estados Unidos en Centroam√©rica en su conjunto.

‚ÄúLos asesinatos de las mujeres de la iglesia fueron algo as√≠ como un rel√°mpago de un momento. Que algo as√≠ podr√≠a pasar‚ÄĚ, explica Sra. Noone a Revista Global.

En 1981, Judith Noone public√≥ ‚ÄúEl mismo destino que los pobres‚ÄĚ‚ÄĒun lamento literario de las vidas y esfuerzos sociales de las misioneras asesinadas en Am√©rica Latina. Un proceso de escritura que la acerc√≥ a√ļn m√°s a las misioneras, y una experiencia que la hizo darse cuenta de los vastos riesgos que corr√≠an en su labor social‚ÄĒuna postura ideol√≥gica del lado de los pobres que eventualmente demand√≥ el pagamento con sus vidas.

Como cientos de miles de personas en El Salvador y Centroamérica, eran peones simples, sacrificados cuando fueron consideraban obstruyendo el camino de jugadores más poderosos en el tablero geopolítico.

‚ÄúMe siento que todav√≠a hay algo de confusi√≥n detr√°s de todo esto hoy‚ÄĚ, dice Sra. Noone.

‚ÄúUn misterio con muchas capas‚ÄĚ

Rufina Amaya‚ÄĒquien sobrevivi√≥ la masacre de El Mozote en diciembre de 1981‚ÄĒregres√≥ a El Salvador en 1990. En la aldea desolada, el humo de las casas quemadas y los cuerpos carbonizados hab√≠a disminuido. Cientos y cientos de ni√Īos, mujeres, hombres y ancianos ejecutados segu√≠an enterrados en fosas comunes. Solo el viento viajaba libre en El Mozote.

‚ÄúPara ella, lo m√°s triste fue recordar la muerte de sus hijos, que hab√≠a perdido a sus hijos y no pod√≠a hacer nada‚ÄĚ explic√≥ Marta Maritza Amaya‚ÄĒla √ļnica hija sobreviviente de Rufina Amaya‚ÄĒpara Latino Rebels en 2018.

Sra. Amaya no estaba presente en El Mozote al d√≠a de la masacre y se le gan√≥ asilo en Estados Unidos en 2018‚ÄĒdebido a amenazas contra su vida. Y tambi√©n las vidas de su familia y la memoria y el trabajo de asegurar la verdad de la masacre de El Mozote.

‚ÄúHab√≠a visto gente sigui√©ndome y tomando fotos en el trabajo. Pero un d√≠a, cuando estaba embarazada de mi hija a principios de 2017, un hombre se subi√≥ al autob√ļs conmigo, se sent√≥ a mi lado y me amenaz√≥ en persona‚ÄĚ, dijo Sra. Amaya.

Si el trabajo con el sitio conmemorativo de la masacre y el museo en El Mozote no se deten√≠a, ella morir√≠a‚ÄĒexplic√≥ el mensajero armado. Cuarenta a√Īos despu√©s de la masacre, los caballeros del encubrimiento permanecen en pleno apogeo para esgrimir sus espadas contra la verdad horrible y necesario.¬†

‚ÄúLo que me sorprendi√≥ m√°s despu√©s de a√Īos de informar sobre El Mozote fue la forma en que el misterio puede descascararse como una cebolla, capa tras capa, y a pesar de a√Īos de revelaciones, a√ļn se puede esconder m√°s secretos debajo‚ÄĚ, explica Mark Danner‚ÄĒreportero y autor de ‚ÄúLa Massacre de El Mozote‚ÄĚ‚ÄĒa Revista Global.

La tercera, y √ļltima, parte de ‚ÄúLa Muerte en el Pueblo‚ÄĚ ‚ÄĒ‚ÄúLa resurrecci√≥n de la verdad‚ÄĚ‚ÄĒ ser√° publicada de pronto. Tambi√©n le√≠a la primera parte ‚ÄĒ‚ÄúLos testigos de El Mozote‚ÄĚ.

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